Delirium B.J Jairo
jueves, 7 de septiembre de 2017
CAPÍTULO 1 MADRE, ¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO?
Los días apestaban a cadáver de las noches de insomnio. Mi rostro ya no se sentía húmedo, me acostumbré tanto a llorar que no sentía las gotas de angustia descender de mis ojos. Cuando la enterramos, también bajo tierra quedó sepultada mi fe, mi esencia; mi fortaleza y mis ganas de vivir a su vez se extinguían con cada minuto. Los nueve días del rezo parecían eternidades negándose a un final. El luto se extendía en cada rincón del universo. ¿Cómo acostumbrarme al silencio de su voz? ¿Qué hacer para sobrevivir a la ausencia de su risa? ¿Dónde iban a quedar las tardes del café con aroma a sus consejos? ¿Quién cosería con los hilos de la paciencia, el peluche con el que yo dormía? ¿Volverían a recordarme que mis ojos color miel y mi pelo ondulado, eran iguales a los de ella? Un día leí que los tres temas universales son: el amor, la vida y la muerte. Para entonces no comprendí, ahora entiendo que la muerte es un tema infinito. A mis diez años lo asimilé. El tiempo no me sanó, tan solo me acostumbré a lo irremediable buscando amor, descifrando la vida y distrayéndome de la muerte. Durante los tres años siguientes todo era igual de miserable, los días parecían un clon del anterior, y las noches morían dejando de herencia tan solo tristeza. Cuando lograba dormir era inevitable soñarla y el despertar era la peor pesadilla.
Mi casa, cada vez más fría y desolada, se volvía una estruendosa inquietud habitar dentro de ella. Su foto que colgaba en la pared era un portal para escapar de mi realidad. Cada aguacero de junio ahogaba mis fuerzas e inundaba de zozobra mi habitación. Dejaron de existir las navidades, los cumpleaños, las celebraciones de año nuevo y todas esas fechas en las que notamos más a esa persona que ya no está.
El Día de la Madre hacía un nudo en mi garganta, mis ojos se cegaban por lágrimas y me sentía la niña más desdichada del mundo. En esos días me ausentaba de la escuela para no soportar la costumbre de hacer regalitos manuales para llevarlos a casa. Mi padre me encontró muchas veces en el cementerio sobre su tumba, dejando flores que no simbolizaban nada de lo que yo creía por dentro, pero muy en mi ignorancia le hacía recordar que era mi imposible olvido. Aunque esas flores, al igual que mis ganas de verla, se marchitaban con el avance cruel del reloj y con el inevitable progreso del calendario, invocando más tiempo mientras continuaba un mundo sin ella. Las visitas al psicólogo eran una tortura: ¿Cómo iba a pretender aceptar una existencia sin su presencia? ¿De qué manera renunciaría a su recuerdo? ¿De qué forma escucharía la palabra cáncer sin odiarla y derrumbarme por dentro?
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segunda parte ¿Por qué me has abandonado?
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